Trabajar en la parra

Lo agradezco. Os lo juro. Os juro que estoy agradecido hacia mi trabajo. El otro día os comenté cómo Jordi González se defendió a capa y espada de unas críticas vertidas hacia su trabajo. Y es lo primero que tendríamos que hacer todos los trabajadores, por eso he decidido comenzar hoy jurando y perjurando mi agradecimiento. Sé que es difícil trabajar en lo que nos gusta, sobre todo en la época en la que estamos; por eso yo agradezco totalmente: porque me gusta mi trabajo, porque me lo paso bien y porque me sirve para realizarme. No me quejo de las tareas, del sueldo, de los compañeros ni de las condiciones directas.

Pero hay días y días. Seguramente que alguna vez me he levantado de la cama pensando que tengo que ir ese día obligatoriamente, que no puedo escaparme. Y esos días tienen una peculiaridad diferente: ¿cuándo os han intentado hundir emocionalmente en el trabajo? Me acaban de comentar un caso que me ha hecho pensar sobre el asunto, porque todos alguna vez lo hemos vivido. La burocracia implica que, por algún motivo que yo personalmente desconozco, los que están más arriba, los que mandan sin a veces tener idea, deciden que tu trabajo no sirve para nada. Te miran por encima del hombro, te desprecian y no te miran a los ojos, porque para juzgar no hace falta mirar a los ojos. En muchos lugares, las relaciones con nuestros jefes son distantes. Muchos de ellos se aprovechan de estar subidos en una especie de pirámide laboral que nos supera a los demás para subirse sin darse cuenta a la parra. Se suben tan arriba de esa parra que no llegan a ver lo que sucede por debajo de ellos.

¿Tiene ventajas esta forma de trabajar? No lo sé. Lo que sí que tengo claro es que la relación entre jefe y empleado debería concentrarse en un punto igualitario y no en la competición vertical que se genera en torno a esa pirámide. Mientras que algún jefe se pelea por ascender en su particular parra, los subordinados a este solamente se encuentran en un entrenamiento diario por acercarse al parral. Odio a esa clase de gente que, por encontrarse por encima del otro, su único objetivo en la vida es pisotear al que tiene debajo. Esos jefes que solamente son felices por el hecho de ejercer una extraña clase de poder sobre los que tiene a su cargo.

Reconozco que existe una cierta minoría (o al menos eso espero) que no desee acudir a su trabajo por estos motivos; yo pertenecía a la misma hace algunos años. Yo, los domingos por la tarde, lloraba de dolor por no querer que llegara el momento del temido lunes. Pero creo que tenemos muchas razones para levantarnos todos los días con buen humor, con el mismo buen humor que ahora los lunes acaparan mi atención ya no sorprendentemente. He pasado por eso y por esa razón sé cuál es el camino que tenemos que seguir. Sé las razones por las que tenemos que seguir adelante día tras día. La primera razón creo que es la vocación. El gusto por lo que hago. Mi trabajo llega directamente a la gente que lo precisa al igual que estos textos llegan directamente a los ojos de vosotros en cuanto pulso el botón para publicar el escrito. Las felicitaciones acaparan el segundo motivo. Al igual que cuando entráis aquí de forma masiva me alegro, también es un motivo de alegría que nos feliciten por nuestro trabajo diario. Creo que no hay en este mundo nada más agradable que recibir una felicitación por nuestros esfuerzos, por nuestras motivaciones y por todo nuestro trabajo.

En muchos trabajos, como el mío, lo que importa no es el trabajo obtenido, sino el trabajo diario llevado a cabo para llegar a ese fin. Y ese camino es muy especial y en algunos casos vocacional. Y eso es lo más importante del mundo: nuestra vocación. Que cada día trabajemos en algo que nos apasiona y que no dejemos que absolutamente nadie pueda pasar por encima de ninguna de nuestras ilusiones. Superar el día a día, conseguir objetivos, hacer amigos y ganarse el respeto de los jefes que nunca han tenido una parra a la que subirse. Alejarse de aquellos que solamente piensan en imponer su autoridad y sus ideas por encima de los demás aprovechando que el miedo de sus empleados existe para utilizarlo contra ellos como un arma arrojadiza con forma de boomerang. Un arma que nosotros mismos podemos hacer que se vuelva en contra de ellos. Un arma que consigue, desplante tras desplante, que el tallo de la parra cada día esté más inclinado y más débil y que más tarde o más temprano acaba rompiéndose y provocando la caída del indeseable.

La caída al mismo nivel en el que estamos los demás. Porque llega un día en el que las parras se secan y dejar de dar sus frutos.

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2 respuestas a Trabajar en la parra

  1. Pingback: Creo en la comunicación | La Habitación de Daniel

  2. Jorge dijo:

    Pues entonces, claro está, tienes una suerte tremenda.

    ¿Te puedo preguntar en qué trabajabas antes?

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