Tus propias palabras

Joven leyendo un libroComo el de la imagen, hoy me he encontrado a un joven leyendo un libro en el tren, según venía hacia acá. El joven estaba llorando. Algo que leía le estaba llevando a otro mundo muy lejano en el que estamos. O quizá le estaba llevando hasta el fondo de algún recuerdo.

Cuando vemos llorar a alguien, pocas veces nos acercamos a preguntarle a esa persona cómo se siente, aunque siempre intentamos averiguar en nuestra mente el motivo que le lleva a hacerlo. En este caso, era un libro. Pero no era un libro de humor, no, porque ese chico no lloraba de emoción ni de alegría. Sus lágrimas exentas de llanto no podían ser de alegría. Probablemente estuviera leyendo algo más dramático. Pero no sería un drama al cien por cien, tenía que ser algo mucho más triste. Algo que a un joven de mi edad le hiciera entristecerse enormemente. Debía ser una historia muy triste.

Tal vez estaba leyendo sobre una despedida, sobre el lejano recuerdo de dos personas que ya nunca volverían a estar juntas. Quizá esa despedida se trataba de la muerte de alguno de los personajes más importantes de esa historia. Un personaje cuyo recorrido finalizaba en ese preciso instante y de manera inesperada. O quizá compartía el dolor de una pérdida con el protagonista de la historia. Tal vez era el final, el final tan esperado de una historia. Un final que acaba mal o que no acaba justamente. El caso es que sus lágrimas brotaban de sus azules ojos de una forma dolorosa, cómplices de la historia que leía.

Las lágrimas llamaron mi atención y dejaron mi lectura a un lado. Durante cinco minutos no pude dejar de mirarle y pensar qué estaría leyendo. A lo mejor estábamos leyendo lo mismo, aunque él con la historia un poco más avanzada que yo. Quizá yo seré mañana el joven chico que llorará al leer las páginas de una historia estremecedora como la de la pequeña Sarah Starzynski, la protagonista de La llave de Sarah, una niña que, antes de ser detenida por la policía por ser judía y ser conducida a un campo de concentración, deja a su pequeño hermano encerrado en un armario para intentar protegerle. Una dolorosa historia que sucedió realmente. Eso es, sí: eso es lo que estaría leyendo ese chico. Una historia real, una historia que podría pasarnos a cualquiera cualquier día. Una historia tan real que se metería hasta el fondo de nuestra alma para hacernos sacar la parte más humana de nuestro ser.

¿Qué se sentirá al otro lado? ¿Qué sentirá la persona que escribe esas maravillosas historias en un libro? ¿Qué sentirá al leer este texto y saber que un joven de ojos azules, una mañana en un tren, comenzó a llorar emocionado por las líneas que ella misma escribió? Yo a veces lo intento. Yo escribo aquí, a veces lo que pasa, otras lo que pienso y otras lo que mis propios dedos me ordenan, como es el caso. No puede compararse, pero se intenta.

Intentas usar tus propias palabras, tu propio lenguaje, tu propia experiencia para contar. Reproduces lo que sientes, lo que necesitas y la sensación recorre tu cuerpo de manera distinta a cuando hablas con alguien, porque cuando escribes no hablas con nadie pero sí que lo haces a la vez con cientos de personas. Te sientes vivo. Te sientes uno más. Te sientes otro creador de sueños y de emociones. Te sientes parte del chico de los ojos azules y parte de la persona que escribió la historia que esta mañana helada le hizo derramar lágrimas sobre las páginas de un libro.

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Una respuesta a Tus propias palabras

  1. Jorge dijo:

    Me encanta escribir. Me relaja un montón y me expreso de una manera con el mundo gracias al blog que, salvo trabajar en un periódico, dificilmente llegaría a tanta gente. Tanto como me gusta leer un buen libro. Normalmente, la gente de mi edad me dice que si estoy loco cuando pido por mi cumpleaños un libro. Poco me importa, prefiero leer a encender la televisión.

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