El dilema del prisionero (continuación)

Continuamos con el dilema del prisionero que os expliqué hace una semana.

El dilema del prisionero nos sitúa ante el escenario del “mal menor”. Aunque lo más beneficioso para ambos es la lealtad, al desconocer la decisión del compañero, la tentación de optar por la traición para evitar el “mal mayor” será muy fuerte.

Vamos a analizar paso por paso este problema:

Vamos a suponer que ambos prisioneros son completamente egoístas y su única meta es reducir su propia estancia en la cárcel. Como prisioneros tienen dos opciones: cooperar con su cómplice y permanecer callado, o traicionar a su cómplice y confesar. El resultado de cada elección depende de la elección del cómplice. Por desgracia, uno no conoce qué ha elegido hacer el otro. Incluso si pudiesen hablar entre sí, no podrían estar seguros de confiar mutuamente.

Si uno espera que el cómplice escoja cooperar con él y permanecer en silencio, la opción óptima para el primero sería confesar, lo que significaría que sería condenado solo a un año de cárcel, mientras el cómplice tendrá que cumplir una condena de 10 años. Si espera que su cómplice decida confesar, la mejor opción es confesar también, ya que al menos no recibirá la condena completa de 10 años, y sólo tendrá que esperar 5, al igual que el cómplice. Y, sin embargo, si ambos decidiesen cooperar y permanecer en silencio, ambos serían liberados en sólo 2 años.

Confesar es una estrategia dominante para ambos jugadores. Sea cual sea la elección del otro jugador, pueden reducir siempre su sentencia confesando. Por desgracia para los prisioneros, esto conduce a un resultado regular, en el que ambos confiesan y ambos reciben largas condenas. Aquí se encuentra el punto clave del dilema. “El resultado de las interacciones individuales produce un resultado que no es óptimo; existe una situación tal que la utilidad de uno de los detenidos podría mejorar (incluso la de ambos) sin que esto implique un empeoramiento para el resto”. En otras palabras, el resultado en el cual ambos detenidos no confiesan domina al resultado en el cual los dos eligen confesar.

Si se razona desde la perspectiva del interés óptimo de los dos prisioneros, el resultado correcto sería que ambos lo negaran, ya que esto reduciría el tiempo total de condena del grupo a un total de dos años. Cualquier otra decisión sería peor para ambos si se consideran conjuntamente. A pesar de ello, si siguen sus propios intereses egoístas, cada uno de los dos prisioneros recibirá una sentencia dura.

La última opción es “no jugar”, pues el prisionero carece de información suficiente para jugar correctamente: no sabe cuál será la opción de su compañero. No hay tal dilema, pues no es posible el juego. Si juega, se trata de una “apuesta”, más que de una solución lógica.

Estamos delante de una auténtica “máquina de la verdad”.

Tabla 1

En este caso, decir la verdad equivale a cooperar, a callarse. Pero un jugador sólo optará por decir la verdad si sabe que el otro jugador también opta por la misma solución. En la vida real, eso no lo sabemos: hay que “jugar”, es decir, arriesgarse. Todo se basa en la “relación de confianza” existente entre los dos jugadores. Pongamos, por ejemplo, que los dos prisioneros son hermanos, con una relación de confianza muy estrecha. Entonces sí sabrían (casi con toda seguridad, pero nunca completa) cuál sería la opción de su compañero, y entonces siempre jugarían correctamente: cooperarían.

La única solución lógica es cooperar entre sí. Y además será la que dará el máximo beneficio común. Este planteamiento nos lleva a la correcta solución del dilema, que es decir la verdad. Pero en este caso el error estaba en el planteamiento correcto del dilema, que no es pensar en nuestro beneficio, en ser egoísta, sino en el del “otro” (ser generoso con nuestro hermano). En este caso, jugando a la “máquina de verdad” siempre conseguiremos que el otro gane. Si el objetivo del juego es que siempre gane el rival, solo hay una única solución lógica, y que no depende de la jugada del rival.

Una solución “incorrecta” sería que un hermano traicione al otro. Aun así, el juego es correcto (pues todo juego tiene una y sólo una solución lógica). Lo que ha sucedido es que ha cambiado el nombre del juego: ahora lo podríamos llamar “descubre al mentiroso”. Hemos ganado, pues descubrimos a un mentiroso.

Tabla 2

El dilema del prisionero es siempre un juego dual; pero con una solución lógica. Si los dos juegan lealmente, el juego es beneficioso para ambos. Si uno engaña y el otro no, se activa la “máquina de la verdad”, y solo gana uno de ellos, el que miente. Pero si pensamos en el dilema como una búsqueda egoísta y no generosa, la jugada desleal del dilema implica que los dos pierden.

Saliendo del dilema, el jugador desleal siempre tendrá dos objetivos: uno, engañar al honesto; y dos, convencerle de que no fue engañado… para poder seguir engañándole. Lo cual nos invita a concluir que un mentiroso siempre necesitará otra mentira para cubrir la primera.

Este dilema nos permite analizar situaciones reales y complejas. Por ejemplo, ¿preferimos colaborar o competir? ¿Ser generosos o egoístas? ¿Asociarnos o ir por libre?

Cuando se ha planteado el dilema del prisionero en diferentes estudios, la mayoría de los participantes optan por competir. Sin embargo, en 1980 se planteó el dilema de manera itinerante: los participantes repetían el dilema una y otra vez y conocían los resultados de los tests anteriores y lo sorprendente fue que a la larga los participantes que decidían ser leales tomaron ventaja y ganaron.

La conclusión del dilema es que la vida nos incita constantemente a competir y ser desleales cuando, a la larga, ser leal te beneficiará. Y yo te pregunto, ¿realmente ese es tu deseo? ¿Es nuestra naturaleza o puede ser una simple opción personal?

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El dilema del prisionero

Hoy vuelvo con un dilema filosófico, ético y lógico como muchos de los que os escribía hace tiempo. Hoy no tendréis la solución, solamente el planteamiento del problema y de una cuestión social más interesante si cabe.

El dilema del prisionero lo hemos visto todos en algún momento de nuestra enseñanza en la escuela y es uno de los dilemas clásicos de la teoría de juegos. Fue anunciado en 1950 por Albert W. Tucker y nos sirve para “analizar el comportamiento humano ante ciertas circunstancias en las que nos falta información sobre el comportamiento de las demás personas”.

El enunciado del dilema dice así: “La policía arresta a dos sospechosos. Se les aisla al uno del otro para proceder al interrogatorio por separado. Se les acusa de un atraco a mano armada a un banco. No hay pruebas suficientes para condenarlos y el objetivo de la policía es conseguir una confesión. Si las autoridades logran demostrar su participación en los hechos, serán condenados a diez años de prisión cada uno. En caso contrario, solo se les podrá acusar de un delito menor (posesión ilícita de armas) que implicaría dos años de cárcel. Tras haberlos separado, la policía decide ofrecerles un trato de manera individual a cada uno de los prisioneros: si uno confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a la pena total, diez años, y el primero será condenado a solo uno. Si ambos confiesan, ambos serán condenados a cinco años, la mitad de la pena máxima. Si ambos lo niegan, todo lo que podrán hacer será encerrarlos durante dos años por ese cargo menor”.

¿Qué implicación tiene esto para cada uno de ellos? Si uno decide “acusar” al otro y es el único en hacerlo, su condena de dos años por tenencia ilícita de armas se rebajará a un solo año, mientras que el otro prisionero deberá cumplir diez años por el atraco y la falta de colaboración. Si el otro prisionero también confiesa, ambos se habrán traicionado, el atraco quedará probado y cada uno deberá cumplir cinco años de prisión, al haber colaborado con la justicia a cambio de la pena rebajada a la mitad.

El dilema del prisionero

En la imagen de la derecha podemos ver una representación del caso. Frente a la posibilidad que llamaremos “traición” existe la opción “lealtad”. Si ambos deciden ser leales deberán cumplir dos años cada uno, pues sólo la tenencia ilícita de armas está demostrada. La decisión la deberán tomar sin saber qué hará su compañero, lo cual complica las cosas. El dilema está servido.

La opción que maximiza los beneficios, si ambos pudieran negociar y confiar plenamente el uno en el otro, es cooperar y ser leales, enfrentándose cada uno a dos años de cárcel y evitando de este modo cualquiera de las dos penas superiores: cinco y diez años. Sin embargo, al carecer de la información sobre el comportamiento del otro, parece que lo más beneficioso sea la competición y la traición, pues en este caso la condena va a ser de un año o de cinco, pero en cualquier caso evitará la pena mayor: los diez años.

Te voy a dejar una semana para que pienses en el dilema del prisionero y volvemos a comentar sus conclusiones desde un punto de vista lógico.

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¿Quién dijo que el 13 daba mala suerte?

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El misántropo

MisantropíaSigo disfrutando de ese maravilloso sentimiento que es el odio. Odié la vida, odié el lado positivo de las cosas… y ahora me toca odiar a las personas. Estos odios son un poco parodia pero con un trasfondo de verdad aplastante.

Siempre me he sentido un misántropo y hoy quiero que tú también lo sientas.

¿Sabes que es la misantropía? Por definición, un misántropo es una “persona que huye del trato con otras personas o siente gran aversión hacia ellas”. Yo soy un poco así, pero no con todo el mundo.

Considero que hay personas dignas de conocer y amar, pero que existen otras, a las que yo catalogo como gente de mierda, que son dignas de ser despreciadas.

Hay una diferencia muy grande entre odiar a la humanidad y a la vida y eso es lo que define al misántropo. El misántropo es un ser con un sentido del humor peculiar, rozando lo tétrico y lo negro, con una aversión a los demás manifiesta.

Dicen que los misántropos no están influenciados por el resto de la sociedad y que tienden a disfrutar de la soledad aunque sí que se llegan a sentir cómodos interactuando a través de las redes sociales. El motivador de su conducta es “evitar ciertas convenciones sociales” y son “objetivos, realistas y perfeccionistas”.

Son sarcásticos, tienen un gusto emocional por la música, desconfían de todo el mundo por ser diferente a ellos, crean su propio mundo y ambiente hasta aislarse totalmente del resto y tienen un sentido del humor ácido y cruel, pero a la vez ingenioso.

¡Bingo!

Supongo que me puedo aplicar en esos aspectos el concepto de misantropía, pero también soy consciente de que no me puedo aplicar otros tantos como el de querer hacer el mal a todos los que me rodean, creerme superior o ser arrogante en potencia.

Buscando referencias en webs de psicología, encuentro una definición que describe lo que siento:

Ser un misántropo no implica necesariamente desagrado por personas concretas, sino animadversión por los rasgos compartidos por toda la humanidad. Un misántropo es, por tanto, una persona que muestra antipatía por los seres humanos y la sociedad en su conjunto.

Por eso creo que lo soy, que siempre lo he sido. Desde adolescente, quizá cuando vi que iba a ser incapaz de encajar en la sociedad.

Desde siempre lo supe pero me di cuenta un día que fui a una fiesta; para mí fue algo así como ir al infierno. Era como una tortura estar rodeado de gente a la que solo le interesaba aparentar felicidad y emociones falsas. Un conjunto de voces que no decían nada, todos sonreían por necesidad; por la mera necesidad de caerle bien a los demás, algo por lo que yo había luchado siempre.

Caer bien a los demás. ¿Para qué? Ese fue el momento en el que me di cuenta que nunca podría relacionarme correctamente (en el sentido más social de la palabra) con los demás. Sabía que estar rodeado de gente me haría sentir mal y con las defensas en alto. Era todo una cuestión de desconfianza hacia esa gente. Esa gente que estaba representando para mí al resto de la raza humana. Y me volví hostil pero mucho más fuerte.

Desde entonces, odio la representación social del ser humano. Odio a toda esa gente que se ciñe a lo que se espera de ellas. Odio a la gente común y vulgar que solo piensa en sí misma y en su propio beneficio.

Odio a esa gente básica que se levanta de buen humor un lunes. Odio a la gente que presume de tener una vida plena cuando su vida es poco más que un trozo de mierda. Odio a la gente que intenta ser tu amigo sin querer serlo. Odio a la gente que te toca sin permiso, que viola tu espacio vital. Odio a la gente que conduce despacio por el carril de la izquierda.

Odio a la gente que constantemente se pone etiquetas y que te las anuncia para que sepas lo guay que es. Odio a la gente que siempre quiere ser más que tú, para bien o para mal. Odio a los youtubers, a los influencers y a toda esa panda de vagos. Odio a la gente que improvisa o que es desordenada. Odio a la señora del piso de arriba cuando corre en tacones por toda la casa. Odio a la gente cínica, hipócrita y falsa. Odio a la gente que fuma y me echa el humo en la cara.

Odio la navidad. Odio a la gente a la que todo le parece maravilloso. Odio al vecino que te da conversación absurda e inerte en el ascensor (sí, yo también echo a correr por el portal cuando veo que se acercan). Odio las películas de ciencia ficción y de dibujos animados. Odio a la gente que pide agua con gas. Odio a la gente de mierda que habla o saca el móvil en el cine y en el teatro.

Odio a la gente de derechas. Odio a la gente que no se toma las cosas en serio. Odio a la gente que grita. Odio a la puta gente que intenta caer bien a todo el mundo. Odio que haya oxígeno para todos. Y odio a la gente que odia. Digo.

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Odio el positivismo

Se nota que tengo a la vuelta de la esquina la finalización de mis vacaciones y una posible depresión post vacacional porque vuelvo al negativismo del otro día. Y sé que os encanta que os cuente mis miserias.

Esta mañana, como siempre, intento despertar con un consejo o una sonrisa en Facebook publicando una frase que intenta ser positiva. Hoy ha sido la siguiente: “El optimismo es el enemigo de la acción; soñar no es actuar”. Hoy no ha sido una frase positiva. Ha sido realista. Y es que el positivismo de mierda no es realista.

Cada vez que hablas de algo negativo la gente te contesta con otra cosa positiva, y es que parece que la gente se ha vuelto una experta en el positivismo de mierda. ¿Cuántos libros de autoayuda se han escrito en toda la historia de la humanidad? ¿Nadie se da cuenta de que el positivismo crea más negativismo?

Para empezar, el positivismo ayuda a que nos olvidemos de nuestros problemas en lugar de enfrentarlos de cara. Nos desmotivan a pensar que pueden pasar cosas malas. Cuando vivimos bajo la puta secta del positivismo, nos olvidamos de que pueden pasar cosas malas; no estamos preparados para ellas y cuando aparecen pasa algo mucho peor de lo que podría pasar.

La negatividad tiene cientos de ventajas. Ayer, hablaba con una persona y me comparaba con una raza de perro muy agradable pero que te podía soltar un mordisco si le tocabas mucho los cojones. Pero es que la negatividad no es solo eso, no es solo mal humor y estar todo el día protestando. Al ser negativos, pensamos que hagamos lo que hagamos siempre van a pasar cosas malas, y cuando no suceden y pasa algo positivo, esa sensación que nos llevamos va a ser más positiva de lo que podrías haber esperado. Es lo que hacen los médicos cuando siempre se ponen en lo peor ante un diagnóstico.

Este balance entre los pensamientos positivos y negativos ayuda a mejorar nuestra vida. Cuando me decís que mis pensamientos negativos me van a llevar a la frustración y la depresión, yo os puedo decir que vuestros pensamientos positivos de mierda me pueden llevar a una situación vulnerable ante el dolor. Así que lo ideal, quizá, es tener un balance entre ambos y ser, a veces, un poquito negativos.

¿Y lo útil que te sientes cuando me das un consejo? Cuando yo cuento cosas malas, lo que busco es que tú me cuentes las tuyas, para que nos hundamos los dos en la mierda. Sin embargo, la mayoría de la gente intenta que veas “el lado positivo de las cosas”. ¡No!

¿No te parece genial saber que hay gente igual o peor que tú? Otro balance entre lo positivo y lo negativo. Seguro que te sientes mejor cuando descubres eso, que hay otros peor que tú. Yo sí. Pues mira, si eres negativo tienes una base sólida para poder ser positivo.

La tristeza y el negativismo son necesarios en nuestras vidas. Son atractivos cuando pensamos en ellos. Cuando en 2001, un danés llamado Michael Stausholm emprendió un negocio con un amigo, su socio le pintó un panorama súper positivista. Sin embargo, al poco tiempo, el negocio fracasó y los dos se fueron a la mierda. Stausholm aprendió la lección y declaró posteriormente que “ser siempre positivo y despreocupado no te va a funcionar”. Se dio cuenta de que ser siempre positivo no le dejó subir sus expectativas para cumplir sus deseos.

La vida nos prepara para ser siempre positivos; nos configura de esa manera. Pero ¿no sería mejor pensar siempre que lo peor está por llegar? La neurocientífica Tali Sharot, en su libro La predisposición al optimismo, estudió “el impacto de los acontecimientos negativos sobre las emociones” cuando se cruzó con la idea de que las personas están naturalmente programadas para pensar positivamente.

En sus primeros experimentos, pidió a los participantes que pensaran en escenarios en los que todo era negativo y encontró que todos automáticamente transformaban su experiencia negativa en positiva. ¿Y qué significa esto? Pues no lo sé, pero me apetecía ponerlo.

Volviendo al principio, a la frase que os puse hoy (“El optimismo es el enemigo de la acción; soñar no es actuar”), os quiero decir que tenemos nuestro derecho a ser negativos, cascarrabias, testarudos y malhumorados. Tenemos nuestro derecho a ser realistas y a ver el mundo como es: una puta mierda en la que a veces las cosas que pasan no te gustan y tienes que joderte porque no queda otra. Pero siempre nos quedará el consuelo de transformar lo negativo en positivo, y es que siempre habrá alguien que esté peor que tú.

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